Hipermetropía vecinal


Todos tenemos alguna virtud. Seguro que esta chica es una eminencia en lo suyo.

Todos tenemos alguna virtud. Seguro que esta chica es una eminencia en lo suyo. 😉

En otra entrada que hice hace tiempo ya escribí sobre alguna gente extraordinaria que nos rodea.  Por eso el título de la entrada de hoy:  a veces podemos apreciar y valorar (muchas veces, sobrevalorar) las habilidades de algunas personas que jamás hemos conocido y que nunca conoceremos en persona, pero vergonzosamente pasamos por alto a otras personas mucho más cercanas que, quizá, afrontan retos mucho mayores que nuestros supuestos “ídolos”.  Quizá la hipermetropía vecinal nos impide verlos y apreciarlos, por tenerlos demasiado cerca.

Pues hoy quiero hablar de una de esas personas: el compositor, maestro de ceremonias, futuro superdeportista de récord Guinness, mi vecino Héctor.

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Rodeados de talento


Sin apreciarlo, vivimos rodeados de gente con talento.  Es cierto que son franca minoría, pero eso no quita valor a lo que digo.  Al revés, cuando encuentras alguien así es una recompensa, como un poco de aire fresco en una habitación viciada por el humo.

Y estoy convencido de que el lugar de encuentro no aumenta las posibilidades de que éste se produzca.  Es decir, no creo que tengamos más posibilidades de encontrarnos con alguien así en el museo del Prado que en el supermercado del barrio.  El talento aguarda donde menos te lo esperas.

De no ser por Recortes, mi precioso perrillo, seguramente nunca habría conocido a Jesús (para vosotros, don Jesús David García; para mí, el dueño de Danko, el perro labrador con más paciencia del mundo).  Se trata de un tipo amistoso, de conversación agradable y con esa luz del talento en la mirada que brilla especialmente cuando habla de lo que él mejor conoce: el cine.

Espero Estoy convencido de que más pronto que tarde oiremos hablar de él.  Pero hasta que eso ocurra, podemos entretenernos con las creaciones del que parece ser otra de esas personas especiales, Iván Ruíz Flores.  Jesús me habló de él, espera que trabajen juntos.

No dejes de ver esto, realmente merece la pena:

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Historias cercanas


(Hoy toca entrada 100% psiquiátrica.  Si buscas humor, vete a leer La Razón)

(Estás avisado, sigue leyendo bajo tu propia responsabilidad)

Quizá llegue el día en que unamos las manos para ayudarnos, no para golpearnos más fuerte.

Con lo que a mí me gusta (o gustaba) escribir sobre testigos de Jehová, fanboys de Apple y demás fauna… pero es que no puedo.  Ya no puedo.

Ayer iba a ser un día divertido, para olvidar los problemas.  Iba a ir a Madrid con soletegordo a ver un monólogo de humor en la calle Gran Vía.  Allí nos encontraríamos con mosval y pochola.

Mosval me avisó para que fuese en tren, Madrid estaba imposible porque (vergüenza española) había mucha gente por las calles: el Atlético de Madrid había ganado no sé qué torneo de fútbol.

Pues vale, vamos en tren.  Lo que yo no imaginé es que, durante ese viaje en tren, sería testigo de una de las escenas más dolorosas y, al mismo tiempo, más humanas que he tenido ocasión de ver en toda mi vida.

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Un metrosexual en apuros


¿Estaría pensando en esto el metrosexual?

No hace mucho que estábamos sentados soletegordo y yo en la mesa de un restaurante, en Balmaseda (Vizcaya).

El sitio estaba muy bien.  Quizá los camareros eran un poco estirados, pero debía ser porque ese restaurante era para “gente fina” y soletegordo y yo éramos los únicos vestidos con chándal y zapatillas de deporte, algo que, por otra parte, también suele pasarnos.

Bueno, al turrón.  En una de las otras mesas del restaurante, me fijé en un grupo formado por dos mujeres (una gorda y otra con una imponente nariz de aspecto hebreo) un varón (el metrosexual del título de esta entrada) y un bebé.  Disfruté más del espectáculo de esa mesa que de la propia comida en el restaurante. :mrgreen:

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Morir


Abandonar este mundo es algo que todos haremos algún día. Enfilaremos el camino hacia lo extraño y ese será nuestro final o nuestro comienzo, no lo sé. ¿Cuando llega el momento? ¿Cómo puede un estado obligar a vivir a sus ciudadanos, a costa de sufrimiento y dolor? En mi opinión, eso está fuera de nuestro alcance.

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