Anécdotas policiales (10)


¿Se somete usted voluntariamente al control de alcoholemia o debo ser mala-mala?

¿Se somete usted voluntariamente al control de alcoholemia o debo ser mala-mala?

Hace poco, nuestro visitante enfermo (aquí todos somos enfermos, se siente) G3r me hizo recordar una anécdota que me pasó hace muchos años junto a una patrulla de la guardia civil de Pinto.  Todavía hoy surge en alguna conversación con el compañero que me pasó, es de lo más divertida y… ¿¡erótica!? 😯

Otra más para la lista, que sigue creciendo.  Allá va.

Debía ser el mes de enero o febrero, porque hacía un frío que los gorriones cagaban cubitos de hielo marrón-glacé.

Mi compañero y yo nos encontramos en una de las entradas a la localidad con una pareja de guardias civiles del puesto de Pinto, un chico y una chica (bastante mona, por cierto), ocupados con lo que parecía pequeño accidente de tráfico que se había producido allí.  Nos detuvimos a charlar un rato con ellos.

Era de noche, sobre las 02:30.  Y hacía un frío que me castañeteaban hasta los mofletes del culo.  Mi compañero fue el primero en hablar.

Hola chavales, ¿necesitáis algo?

Holaaaa… muchas gracias, no necesitamos nada.  Sólo estamos esperando a la grúa para que se lleve este coche que se ha salido de la vía.

Nos contestó él, un guardia veterano del puesto; ella era una guardia de reciente incorporación.  Les llamaremos Juan y María, por no usar sus nombres reales.

Pues mala noche para esperar en la calle, Juan -dije yo-.  Hace un frío que pela.

Ya lo creo -repuso Juan- en cuanto venga la grúa, nos vamos a cenar.

Nosotros nos íbamos ahora mismo.  Si queréis, os esperamos allí y cenamos todos juntos. -era algo habitual en esos años, ahora que somos tantos… bueno, son otros tiempos-

Mientras hablábamos, María se untaba algo en los labios, supongo que para evitar sabañones o grietas por el intenso frío.  Nótese que ella todavía no había hablado, estaba a lo suyo. 😉  Juan contestó:

Venga, buena idea.  Ahora vamos para vuestras dependencias y cenamos con vosotros.

Mi compañero le puntualizó.

Pero llevad algo, cabrones, no vais a cenar por la cara.  Mira, nosotros llevamos una coca cola de dos litros, chorizo y lomo.  ¿Qué vais a llevar?

El frío arreciaba.  Juan, mientras María seguía untándose crema en los labios, dijo:

Hmmm… no sé, yo puedo llevar un poco de queso.

Perfecto -dije yo- ¿y tú que llevarás, María?

Ella se lo pensó unos segundos y, señalando al pequeño bote que sostenía en una mano, dijo con una enorme sonrisa:

¡Yo llevo la vaselina, jijiji…!

😯

Cuando acabó de decirlo, María se dio cuenta de lo que había dicho, pero ya era demasiado tarde.  Y más para una rubia natural como ella. A pesar del frío, se empezó a poner colorada mientras Juan la miraba perplejo, con los ojos tan abiertos que parecían querer salirse y tartamudeando algo.  Y yo habría jurado que ella empezó a sudar…

Se hizo el silencio en la noche. Mi compañero y yo nos miramos atónitos y volvimos a mirar a los guardias mientras reprimíamos nuestras ganas de revolcarnos de risa por el suelo, sobre todo por no poner aún más colorada a María.  Mi compañero, siempre al quite en esos menesteres, apostilló:

Pues nada María, si tú llevas la vaselina, entonces ya está todo.  Os esperamos allí.

Y nos metimos de nuevo en el patrulla, buscando un refugio donde poder reírnos a gusto de la novatilla, sin tener que estar delante suyo.  Al fin y al cabo, estaba armada y podía ser peligrosa. 😆 😆

Foto: aladipfiestas, schadenfreude.

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