Vergüenza ajena


basketHace unas semanas tuve la ocasión de ir a ver jugar al baloncesto a mi sobrino Adrián.  Primero, aclarar que Adrián tiene unos 14 años y que juega al baloncesto con el equipo de su colegio, con sus compañeros y amigos, en la liga madrileña.

Creo que era importante aclarar ese punto para situarnos bien en el contexto, es decir, no era la final de la copa de Europa de baloncesto, ni había grandes intereses económicos en juego.  Sencillamente (así creí yo) eran un grupo de chavales, amigos, que les gusta jugar al baloncesto y que disfrutan haciéndolo.

Del mismo modo, yo pensaba que el público asistente a esos encuentros (es decir, sus padres, madres, tíos, abuelos etc…) asistían a los mismos para disfrutar viendo a sus hijos, nietos o lo que sea.

¡Qué equivocado estaba!

Quizá sea por la sociedad competitiva en la que estamos, quizá por el estrés, quizá por otras frustraciones personales o profesionales de cada uno, el caso es que me llevé una desagradable sorpresa viendo que esos espectadores se transformaban (como si fuesen descendientes directos del Dr Jekyll) en energúmenos gritones y asalvajados.  Gentuza con muy poca educación y todavía menos memoria, porque si la tuvieran recordarían que han ido allí a disfrutar de sus hijos/nietos y no a montar un escándalo.

Yo, que he jugado al baloncesto durante unos 15 añitos, algo sé del tema.  No tanto como los energúmenos gritones, claro, pero algo sé.  Y sé que los árbitros son otros chavales, quizá tres o cuatro años mayores que los que están jugando.  Y que van allí porque LES GUSTA EL BALONCESTO.  Eso, en un mundo dominado hasta la asfixia por el fútbol, ya es de agradecer.

¡¡¿¿Que le has pitado falta a mi hijooooo??!!

¡¡¿¿Que le has pitado falta a mi hijooooo??!!

Sin embargo, hay gentuza a la que le gusta ir a ver esos partidos para gritarle al árbitro, insultar al que anota en la mesa o simplemente pegar voces para descargar su adrenalina y sus frustraciones.

Al finalizar el partido (que perdió el equipo de mi sobrino, dicho sea de paso) hablé con uno de esos padres.  Sus argumentos eran de lo más convincentes:

– Claro que hemos perdido, ¿cómo no? Todo el partido el árbitro pitándonos en contra…

– Oiga, yo creo que el árbitro, que se ha equivocado y mucho, lo ha hecho sin mala intención.  Es un chaval poco mayor que su hijo.  ¿Qué podría ganar él con arbitrar mal a propósito?

– Ahhhh, pues no lo sé, pero ahí está.  Si pita mal a propósito, por algo será, algo ganará…

Seguro.  Seguro que el chaval que arbitró se ha comprado un chalet con lo que le han pagado para pitar contra el equipo del hijo de ese señor.  Los adultos olvidamos que, cuando éramos niños, hacíamos cosas sólo porque nos gustaba hacerlas.  No siempre es necesario que haya “intereses ocultos“. Bufff… qué nostalgia de los tiempos en los que yo jugaba al baloncesto en mi colegio.  Jugábamos y nos divertíamos, pero no teníamos público “futbolero” que disfrutase insultando al árbitro.

Fui a ver jugar al baloncesto a mi sobrino y volví a mi casa con vergüenza ajena.  Qué lástima…

Fuentes: bilbaobasket, blogdecine.

3 pensamientos en “Vergüenza ajena

  1. El árbitro demuestra ser muy educado pero los que tienen que transmitir esa educación son los de la grada, y a juzgar por los comentarios de los padres, este chaval predica en el desierto.
    Vemos a nuestros hijos (lo de nuestros es por incluirme pero no tengo nada que contar 🙂 ) como una posesión más. Cuando un padre va a un partido de su hijo es como si sacara el coche del garaje para enseñarlo, no importa la diversión del chaval. A mi hijo que es el mejor delantero del mundo le encanta meter goles y si no lo hace es por algún desgraciado (llámese árbitro o jugador), no porque sea un tuerce-botas. Por supuesto que cuando vuelvan a casa volverán a dejar abandonado a su suerte al chaval con la Playstation…
    Quzá veo esto tan negativo porque el espíritu navideño me ha dado una patada en el culo…:)

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