La taza despechada


Como estos días he estado pachucho, he tenido ocasión de pasar buena parte de mi tiempo sentado en la taza del WC.

cagando

Es un tiempo que uno aprovecha para reflexionar, para analizar mi conciencia, mis actos, mis relaciones interpersonales y profesionales, para entender mejor mi posición en la sociedad… bueno, lo cierto es que me cagaba como los burros viejos y ya tenía bastante con la enfermedad como para pensar en cuestiones filosóficas.

Tanto tiempo pasé sentado que, muy a mi pesar, rompí la tapa del WC.  Como decía la cursi de Rocío Jurado, “se nos rompió el amor de tanto usarlo”, pues así me pasó a mí con la tapa del WC.

Uno piensa que será sencillo encontrar una sustituta.  Pero no.  Como si se tratase del primer amor, no resulta fácil de sustituir.   Y, por si fuese poco, la taza rota me recompensaba con unos tremendos pellizcos en el culo cada vez que me quería levantar del trono.  Y eso, en mi estado, pasaba varias veces cada hora.

Así que, en cuanto me recuperé, me dirigí al almacén a comprar una nueva tapa.  No podía aguantar muchos más pellizcos, era una cuestión casi de supervivencia…

Pero la cosa no era trivial.

– Su tapa ¿de qué modelo es?

Otia.  ¿Modelo? Uffff…¡yo qué sé! Pues una tapa… ¿no son todas iguales?  Vale, resulta que no.

Uno no le da importancia a esas cosas.  Todos (repito: TODOS) los días entramos al WC, echamos una meadita (o algo más gordo) y nos vamos.  Sin fijarnos en los detalles de nuestra querida tapa del WC.  Ni un abrazo.  Ni un beso.  Y ahora, cuando quiero cambiarla, me doy cuenta de lo importante que era.  No se puede sustituir por cualquiera, debe ser otra exactamente igual.  Es su venganza.

– ¿No sería un modelo “Venecia”? (pregunta nervioso el vendedor)

– ¿Venecia? Eeeehhh… pues no sé… es cómoda, calentita… no sé… era perfecta… 😦

Parece mentira, pero cuando tratamos de describir nuestra tapa del WC a un vendedor, más parece que le estamos hablando de una persona que de un objeto.  Quizá sea la venganza de los inodoros, su forma de ser tenidos en cuenta en este mundo cruel, donde los usamos y los tiramos como si fuesen empleados sin papeles ni derechos.  Te hace sentirte un como un puto empresario explotador.

Resulta que, al final, empecé pensando que los últimos años de mi vida había estado cagando en Venecia, pero resulta que había estado cagando en Bahía.  Mi tapa era una “Bahía”.  Lo pude comprobar después de que el vendedor me llevase a ver una taza de su lugar de trabajo (por cierto, tenía un resbalón en el fondo que no hablaba muy bien de su último usuario) y viese que, en efecto, ésa era igual que la mía.

Bueno, parecida.  Porque igual… igual ya no encontraré  otra como mi tapa.

Nadie conoce a nadie.  Debe ser por el estrés de la vida moderna.  Me merezco los pellizcos en el culo.    Por insensible.

Voy al WC.

Fuentes: Cotidianeces.

4 pensamientos en “La taza despechada

  1. Uy, sí que me conoce, sí… lo que pasa es que no suelo cabrearme, soy muy tranquilote.

    Eso sí, como me siga tocando las narices con los i-productos, le acabará ayudando a instalar Linux su señor padre.

  2. Pido perdón por mi descaro (esto es una bajada de pantalones para cuando me instales Linux 🙂 ). A la única i que me apuntaré algún día será a la doble i de la Wii (desde el día que jugamos en vuestra casa me picó el gusanillo) porque de ser de alguna letra soy más de la F…. de F 430 por ejemplo :))

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