
La revolución armamentística del siglo X
Hubo un tiempo en que la guerra era considerada un noble y justo arte. Bueno, en realidad el concepto de “justo” es algo que ha ido cambiando a lo largo del tiempo.
Lo que antes, hace muchos siglos, se consideraba justo era que el campesino se enfrentase con el campesino y que el noble se enfrentase con el noble. ¿Cómo se conseguía eso en el fragor de la batalla? Pues con las armas empleadas.
Mientras que el soldado raso tenía suerte si contaba con algo más que un palo o unas piedras, el noble caballero tenía (como su propio nombre indica) un caballo a su disposición. Y una formidable armadura que lo protegía de los daños que le podían ocasionar la gran mayoría de los enemigos, excepto aquellos que, como él, disponían de afiladas espadas o poderosos animales a su servicio.
Esa “justicia” cambió allá por el siglo X, cuando se generalizó el uso de la ballesta. Con ese arma, cualquiera podía matar a cualquiera, la guerra dejó de ser un sitio relativamente seguro para los valerosos caballeros y sus armaduras. La potencia de las ballestas podía atravesar con facilidad sus corazas y herirles de muerte sin tener siquiera que acercarse a ellos.
Eso no podía permitirse.
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