
Los jueces, como los clientes, siempre tienen la razón.
Las nueve menos diez de la mañana y todavía no he desayunado. Cero grados en el termómetro del coche (no empecemos con eso de “cero grados, ni frío ni calor“, hacía un frío del carallo) y estaba yo realizando el paso de escolares en la puerta del colegio, como todos los días.
Cuando acaban de pasar los niños, salgo con más prisa que pausa, hacia los juzgados de Getafe. Tenía una citación a juicio por una alcoholemia de hace más de tres años. La justicia, en mi opinión, si es lenta no es justicia. Pero eso es otro tema…
Llego a los juzgados y allí, a pocos metros de un tipo que tenía muy mala pinta, me encuentro con otros dos compañeros. Ellos estaban librando, pero (como el sagaz lector habrá adivinado) yo no. Así que el único que va vestido de uniforme soy yo. El tipo de la mala pinta no me quita ojo. Seguro que le encantan los uniformes…
Dentro de los juzgados hace calor y yo me quito el abrigo (un chubasquero reflectante amarillo bastante grande) y lo llevo colgado del brazo izquierdo.
A eso de las once menos cuarto comienza el juicio. Sigo sin desayunar y el rugido de mi estómago me delata. Creo que estoy empezando a digerirme a mí mismo. La secretaria judicial hace pasar uno por uno a todos los testigos y, finalmente, nos toca el turno a los policías. El primero en pasar fui yo.
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